Artículo publicado en el Periódico Baleares sin Fronteras, el día 18/08/2020
https://www.baleares-sinfronteras.com/noticia.php?Cod_not=3582

A mediados de marzo/2020, mientras transcurría una jornada habitual y rutinaria en mi consulta; valoro un paciente con síntomas gripales que pocos días después resulta ser un nuevo virus llamado COVID-19.

Desde entonces hasta ahora, en pleno verano, este famoso virus no pierde su protagonismo, tanto por su capacidad de propagación (tres veces superior a la gripe) como por su morbimortalidad.


Sin embargo no voy a dar más información científica ni epidemiológica, lo que quiero es compartir mi sentir en relación a esta experiencia social que estamos viviendo.

Tengo días que me siento triste, no logro conectar con la mirada de la gente en la calle y muchísimo menos con su sonrisa (todos llevamos mascarilla), no logro tener contacto de piel con piel, puesto que todos nos saludamos de lejos o con la punta del codo y tampoco logro una palabra alentadora puesto que abunda la dialéctica catastrofista.

Con este panorama, me siento en un ambiente distante, indiferente y hostil, motivo por el cual tiendo a estar irritable e inclusive de malhumor. Al pasar los meses de la pandemia decido que no debo ser parte del problema, sino, de la solución y para ello me adentro en el mundo del “presentismo”, disfrutando de cada nuevo día que Dios me regala, viviendo plenamente y con responsabilidad esta dura prueba que juntos debemos superar.

Inicio una campaña de optimismo con cada persona y paciente que me encuentro en mi camino, promoviendo el valor de cada instante de nuestras vidas y la necesidad de aprovechar los obligados aislamientos para nuestro autoconocimiento y el fortalecimiento de los lasos con nuestros seres queridos, invitando a la tolerancia, al cuidado personal y a una buena calidad de vida con la corrección de los malos hábitos, por ejemplo, haciendo deporte, dejando de fumar, alimentándonos mejor y saboreando cada bocado ; y en fin, aceptando que podemos ver un lado más amable de la situación, ya que igualmente la vida continua ofreciéndonos un inmenso universo de experiencias maravillosas.

Por ello invito al respeto no al miedo al COVID-19. El miedo bloquea, angustia y desespera. Respeto se define como «la consideración y valoración especial que se le tiene a alguien o a algo, al que se le reconoce valor social o especial diferencia» , mientras que miedo es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Como la relación de un hijo hacia un padre, debe existir respeto no miedo.

El Respeto al COVID-19 parte de asimilar la información que nos suministra el sistema sanitario, siguiendo las recomendaciones para prevenir el contagio, tal cual como se hizo en su época con el SIDA, que por cierto no ha desaparecido, pero lo tratamos con respeto.

El miedo al COVID-19, surge de lo contrario, de la desinformación y del pensar que ya no hay Esperanza y que prácticamente no puedo ni respirar porque puede contagiarme del virus.

Como médico me preocupa más el impacto psicosocial de la pandemia que el biológico, porque si hasta ahora ya nuestras relaciones eran más virtuales que reales, ahora con “la distancia mínima de seguridad”, podemos llegar a perder el sentido más espectacular y poderoso de la especie humana:

El tacto

Me despido invitando a ejercitar nuestro sentido del tacto en nuestro entorno, regalando un abrazo fuerte y sincero a nuestros seres queridos, que mientras que llevemos la mascarilla puesta, un abrazo tiene un riesgo muy bajo de contagiar coronavirus, pero un riesgo muy alto de contagiar AMOR, un sentimiento fundamental en épocas como la que estamos viviendo.